
¿Cuántas cosas dejamos de hacer por miedo? Miedo a los demás, a los desconocidos. Pero todos somos desconocidos para alguien, incluso para nosotros mismos. En un desconocido puede hallarse el germen de tú amigo del alma o del amor de tu vida (¡quién sabe!). Los desconocidos llegan a veces para mostrarte lo que desconoces de ti, para enfrentarte a un espejo en el que nunca te habías reflejado.
La existencia está repleta de nucas desconocidas con las que viajamos en el metro, de manos desconocidas que te rozan sin querer en el autobús, de ojos desconocidos que te miran y clavan su mirada en la tuya por la calle, de voces, risas, lágrimas de desconocidos, de pensamientos y rumbos desconocidos en permanente contacto con nosotros. Cada uno con su historia, con sus miedos, sus amores, rupturas, superaciones, riesgos, adversidades, preguntas, inquietudes, impulsos, esencias...
Desconocidos que te miran como si te reconocieran, desconocidos que te miran pero no te ven, desconocidos que aparecen en tu vida cuando más los necesitas, que se cuelan en tus sueños, que llegan y se van o que se quedan para siempre, que están sin estar. Somos muchos los desconocidos que estamos deseando dejar de serlo. Al menos un instante. Al menos para alguien. Para ese alguien que te mira todos los días desde el otro lado del vagón del metro, que te susurra “lo siento” cuando te pisa o que sin embargo no dice nada porque una mirada vale más que mil palabras.
Por los desconocidos que están por llegar, por los que nos desconocen y llegarán a conocernos.