
Bien, ya somos dos. Y llego a la
fiesta empapada y, lo peor de todo, con mi flequillo como si fuera una fregona
usada! No hay mucha interpretación de esta anécdota. Está claro que existe una
especie de justicia poética que en mi caso se pone en marcha cuando me tomo
demasiado en serio a mí misma, o cuando me dedico a alimentar mis miedos en vez
de acabar con ellos por inanición, o en definitiva, cuando me comporto como una
idiota.
Una vez tuve un padrastro (y pienso
registrar esta frase, porque me parece un gran inicio para una novela... Una
novela histórica por ejemplo). Bueno, estuve dando la coña con el padrastro una
semana, superpesada. Tengo un padrastro, cómo me molesta el padrastro, me duele
el padrastro, se me infecta el padrastro, esto del padrastro a ver si al final
va a ir a más, a ver si va a ser grave el tema... Unos días después, me fui a
patinar y me rompí la mano. La mano del padrastro, obviamente. Tuvieron que
operarme, ponerme una placa, rehabilitación y toda la movida. Evidentemente, el
padrastro pasó a ser un tema menor, que es lo que había sido siempre.
--Y la pregunta sería: ¿qué cosas son realmente importantes?
¿Qué tipo de causas merecen que nos las tomemos tan en serio? Creo que casi
ninguna de las que a diario nos preocupan. O sea, mi flequillo sí, claro, es un
tema importante con el que todos deberíamos estar concienciados, je, ¿pero, qué
otras cosas?