
Cuando yo era pequeña, creía que si no tenías
dinero bastaba con ir a un cajero a sacarlo. Lo que no sabía as que debías
haber ingresado primero ese dinero. También pensaba que, a cierta edad, la
gente tenía hijos de forma espontánea, que era casi reglamentario que, si
cumplías los treinta, venías ya con un hijo. Creía que los que sabían inmediatamente
la hora que era mirando las agujas del reloj eran superdotados. Pensaba que la
lechuga venía del agua porque a mi plato siempre llegaba mojada, y que el
francés y el inglés eran idiomas inventados para las canciones. Creía que la
televisión llegaba sólo a mi casa y que, si yo no la encendía, no estaban
emitiendo nada. Suponía que mis mascotas nunca se morían, sino que iban a una
granja de animales felices, hámsters, pollitos y gatos retozando sobre la
hierba en un lugar paradisíaco. Pensaba que se podía medir la distancia entre
países con los dedos sobre un mapa y que, al fin y al cabo, nada estaba tan
lejos. Creía que los monstruos se escondían bajo mi cama por las noches y
agradecí mucho que mi madre comprara una cama nido. Pensaba que nuestro Renault
4 amarillo podía oír lo que se decía sobre él. Cuando nos robaron la bicicleta
de la parte trasera del coche, sospechaba que el ladrón seguía allí y tardé
semanas en volver a sentarme detrás. Estaba convencida de que los americanos
eran ricos y tenían que traer regalos cuando venían a España. Pensaba que los
aviones los sujetaba alguien desde arriba, que el fin del mundo se encontraba
en un acantilado en Calpe y que el mar terminaba en la raya del horizonte.
Creía que Dios y el sol eran la misma persona y, por eso, las cosas que me
daban miedo sucedían durante la noche, cuando Dios estaba durmiendo.
Consideraba que mi abuela siempre había sido abuela, incluso antes de tener
hijos y nietos. Suponía que mis padres insistían en que me lavara mucho los dientes
para no tener que hacerlo nunca más de mayor. Creía que, para conducir tenías
que ser padre, aunque mi familia era disfuncional y desestructurada (lo digo
con cariño), porque el mío no conducía.
Así que, una de dos: o no era mi padre o
simplemente éramos una familia especial, pero visto mi parecido físico con él,
opté por pensar que éramos una familia especial. Y tras mucho reflexionar en
cómo era posible que los Reyes Magos pudieran organizarse para dejar los
regalos en casa de todos los niños en una sola noche, llegué a la conclusión de
que lo que hacían era esconderlos una semana antes bajo la cama de mis padres,
donde yo solía encontrarlos. Y quién sabe, puede que dentro de 20 años escriba
una entrada desmintiendo todo lo que creo saber hoy. Afortunadamente, uno nunca
es lo suficientemente mayor.